viernes, noviembre 25, 2005

Las izquierdas y el 'bloqueo' a Cuba

 
Las izquierdas y el 'bloqueo' a Cuba
 
HUMBERTO BELLI PEREIRA
 

M anagua -- La izquierda mundial está celebrando el reciente voto de 182 países en las Naciones Unidas condenando el llamado ''bloqueo'' norteamericano a Cuba. En realidad, podrían encontrarse argumentos para cuestionar la negativa de Estados Unidos a vender, comprar o invertir en dicho país. Pero si la izquierda fuera consecuente con sus creencias, lejos de oponerse al embargo estadounidense debería aplaudirlo.
 
En efecto, una de las famosas producciones intelectuales de los izquierdistas latinoamericanos, conocida coma ''la teoría de la dependencia'', argumentaba que los países desarrollados empobrecían a los subdesarrollados a través de términos de intercambio injustos: compraban nuestras materias primas, cada vez más baratas, y nos vendían sus productos manufacturados, cada vez más caros. También nos explotaban a través de las multinacionales, las cuales extraían más riquezas que las que invertían, y a través de los préstamos onerosos de la banca capitalista. En resumen, para los países subdesarrollados era una calamidad verse incorporados al círculo de relaciones económicas de las metrópolis. Autores como Galeano (Las venas abiertas de América Latina), Cardoso, Furtado, Gunder Frank y otros exponían dichas ideas ante la fascinación de la intelectualidad universitaria latinoamericana y el arrebato casi místico de revolucionarios como el Che, Castro, Fonseca y Ortega.
 
Por eso es sorprendente que al lograr Cuba la bendición de ser excluida de ese comercio rapaz y de esas inversiones y préstamos tan dañinos procedentes de Estados Unidos, la izquierda proteste y atribuya las penalidades de la revolución, ¡a dicha ausencia! ''Todo este bloqueo --decía adolorido el escritor Aldo Díaz Lacayo-- le ha costado al pueblo cubano mil setecientos millones de dólares por año''. Si esto fuera cierto, ¿no significa que las relaciones económicas con Estados Unidos son una bendición y no la maldición que denuncia Galeano?
 
El izquierdista que mantiene las creencias clásicas sobre la dependencia, pero deplora al mismo tiempo que los Estados Unidos se nieguen a que sus empresas explotadoras hagan negocio con la isla, incurre en una contradicción que denota falta de honestidad intelectual. Lo más honrado y lógico sería que la izquierda reconociera, como lo hizo Cardoso en Brasil, que efectivamente el comercio e inversiones de los imperialistas pueden ser muy beneficiosas, y que la teoría de la dependencia fue una extravagancia adolescente. Porque si se continúa pensando que ésta tiene vigencia, lo único que cabría, si se quiere ser lógico, es aplaudir el actual embargo comercial.
 
Pero claro, la lógica no es la virtud preferida por muchos izquierdistas. En particular los que se rasgan las vestiduras ante el ''bloqueo'', denunciando la supuesta violación al derecho de los pueblos a negociar libremente, pero ignoran completamente el verdadero bloqueo que el gobierno cubano hace contra sus propios ciudadanos. Porque si es inmoral que se le niegue a Cuba comerciar con el imperio, ¿no es también inmoral que se les impida a los cubanos a comerciar entre sí? Dentro de todos los gobiernos de América Latina no hay uno solo que bloquee tanto la libertad económica de sus ciudadanos como lo hace el régimen castrista. Los cubanos no pueden producir lo que les parezca ni comprar y vender a quien quieran. La potestad de producir y vender es monopolio del Estado. Los cubanos tampoco pueden intercambiar con libertad sus ideas. Los últimos en intentarlo tienen condenas de más de veinte años. Tampoco tienen la libertad que goza un salvadoreño, mexicano o nicaragüense de reclamar a sus políticos, cambiar sus dólares, residencia o empleo, o de ir a pasar las Navidades con su hija a Costa Rica. Los cubanos están bloqueados por todas partes y a todas horas, y no por el imperio, sino por un sistema arcaico y opresor que pasará a la historia como una de las grandes ignominias del siglo XX.
 
Pero, en fin, así es la izquierda radical: hipócrita e inconsistente. Llora las menores injusticias cometidas por otros y no ven las inmensas que cometen sus propios partidarios. Reniegan de los tratados de libre comercio con el imperio, pero cuando éste se niega a comerciar, se horrorizan del costo y lo condenan por inhumano.
 
 
Ex ministro de Educación de Nicaragua.
 

 

martes, noviembre 22, 2005

Que es la libertad

 
 
LIBERTAD.

La libertad es ser quien soy
y no lo que los demàs
esperan que yo sea.

Incluye mi libertad de decidir
dònde quiero estar en cada momento.

Libertad es pensar lo que pienso
y no necesariamente lo que deberìa sentir,
o lo que otros hubieran sentido,
o lo que esperan que yo sienta.

Libertad es correr los riesgos
que yo decida correr,
siempre y cuando estè dispuesto
a afrontar por mì mismo
los costos de dicho riesgo.

Libertad es salir al mundo a buscar
lo que creo que necesito,
en lugar de vivir esperando
que otro me dè el permiso para conseguirlo.


Poco para agregar, que no estè dicho...
Tenemos el don y el derecho a la libertad...
Libertad de pensar, de sentir,
de expresarnos...
libertad de elegir.
De elegir lo que pensarè,
lo que sentirè.

Sì , podemos elegir lo que sentimos tambièn.
A veces no podemos elegir lo que nos pasa, pero podemos
elegir què hacemos con eso.

La sensaciòn de libertad,
como cualquier otra, es intransferible
pero te invito a que respires hondo...
todo el aire està para ti...
mira el cielo... enorme, imponente...
es todo tuyo...

Eres libre !!!
Aùn si estàs en la oficina,
entre cuatro paredes...
o haciendo algo que no te gusta,
ya estàs ELIGIENDO,
estàs haciendo uso de tu libertad.

Piènsalo.
Se siente distinto cuando tomamos conciencia
de que todo lo que nos pasa
es el fruto de nuestras elecciones.
~ ~ ~
 
Luchemos para que el pueblo
cubano goce de libertad, es un deber
de todos por cualquier medio que
esté a tu alcance.
 
tu amigo de siempre
Andrés®



    


lunes, noviembre 14, 2005

Por los caminos del totalitarismo (III)

Algo que todo latinoamericano debe
leer, saber y conocer.
 
Por los caminos del totalitarismo (III)
Raúl Soroa
 
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Mucho se ha escrito sobre las peculiaridades del sistema cubano. No voy a negar que el totalitarismo cubano tiene elementos propios, aportes que el castrismo ha realizado, perfeccionando el sistema, pero la base del régimen totalitario cubano es el estalinismo. El déspota cubano ha incorporado elementos del nazismo, del maoísmo, del populismo latinoamericano, del franquismo, y hasta de las ideas del Duce italiano. En un final, de lo que se trata es de mantenerse en el poder, y para eso sirve todo y vale todo.
 
Muchos se preguntan: ¿Cómo es que un país con aptitud para la democracia como Cuba produjo la dictadura más larga y profunda del continente americano?
 
Por una de esas paradojas de la historia, que a veces son muy difíciles de explicar, un pueblo que decía anhelar la restauración de las libertades, que había dado su sangre en la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista, una de las naciones más prósperas de América Latina, donde los comunistas alcanzaban apenas el 3% de los sufragios, se convirtió en el primer y único país comunista del hemisferio occidental, gobernado por una dictadura totalitaria que ha utilizado los más drásticos métodos estalinistas.
 
"Había una vez una república. Tenía una Constitución, sus leyes, sus libertades, presidente, Congreso, tribunales, todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar, escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada, y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión".
 
Estas palabras no pertenecen a nuestros aguerridos luchadores por las libertades cívicas. No pertenecen a los periodistas independientes, a ninguno de los líderes de los diversos partidos, organizaciones o movimientos que enfrentan al régimen de Fidel Castro. Estas palabras, por asombroso que nos parezca, fueron pronunciadas por el mayor conculcador de la libertad en la historia de Cuba: Fidel Castro. Corresponden a su alegato "La historia me absolverá", pronunciado durante el juicio que se le celebró en 1953 por el asalto al Cuartel Moncada en Santiago de Cuba.
 
Quienes hemos crecido escuchando su retórica política extrañamos en ese discurso las habituales acusaciones que siempre le hace a la república. Noten que dice república, y no neo república, como acostumbra a decir. ¿Dónde están sus usuales sarcasmos? ¿Por qué no habla aquí de las falsas libertades de la seudo república neocolonial?
 
El totalitarismo se caracteriza fundamentalmente por su falta de ética, por mentir sin escrúpulos, por mimetizarse, esconderse detrás de los anhelos libertarios de los pueblos. Se empolla como un huevo maligno al calor de las injusticias sociales o de las imperfecciones de la democracia. Tiene su cimiento en el autoritarismo, en la inmadurez nacional, en el caudillismo. Crece y se extiende subrepticiamente. Cuando los pueblos vienen a darse cuenta, la hidra ya parió mil cabezas y los tiene bien sujetos.
 
La naturaleza humana tiende a buscar el autoritarismo y busca muchas veces al hombre fuerte para que le solucione los problemas. Cuba no es la excepción, sino la confirmación de la regla. Ya desde la lucha por la independencia afloraron en el campo insurrecto manifestaciones de caudillismo. Ante las crisis de la república siempre añorábamos al hombre, al líder salvador. Machado venía a "enderezar" la república, la gente miró hacia él porque tenía fama de fuerte. Batista fue "el hombre" y Fidel "el caballo".
 
Cuando el periodista norteamericano del diario The New York Times Hebert Matthews preguntó a Celia Sánchez por qué no habían sido cumplidos algunos compromisos políticos anunciados durante la lucha en la Sierra Maestra, Celia lo explicó en estos términos: "En esa época no sabíamos que nosotros y el movimiento 26 de Julio éramos tan populares. Al principio pensábamos que deberíamos formar un gobierno con los auténticos, ortodoxos, etc. En lugar de ello, nos encontramos con el hecho de que éramos los dueños de Cuba. Entonces, ¿para qué perder el tiempo?"
 
Castro era el libertador y se sentía el dueño de Cuba. Estudioso de Maquiavelo, lector de Mussolini, admirador de Hitler, sabía que para adueñarse de un país de la forma en que él soñaba hacerlo sólo podía lograrlo implantando un sistema totalitario. Consumado actor, supo engañar a muchos. Si tuvo alguna duda, su teatral paso triunfante por la isla, su entrada en victoria al estilo de los emperadores romanos le confirmó que era posible. ¿Por qué no despertamos del hechizo cuando en la Plaza Cívica, hoy de la Revolución, en 1959, hizo aquella terrible pregunta-afirmación: "Elecciones, ¿para qué? Esta es una democracia griega donde el líder y el pueblo deciden en la plaza lo que van a hacer. Y, a ver, los que quieran elecciones que levanten la mano". Nadie lo hizo. O cuando enormes turbas gritaban "¡Paredón! ¡Paredón!" Pudo haber sido nazi o fascista o implantado un régimen a lo Perón, pero la guerra fría y el estalinismo le vinieron como anillo al dedo para sus propósitos.
 
Hitler adoraba los discursos vespertinos, se dejaba llevar por las emociones de la multitud, enhebraba sus discursos en las pasiones que despertaban sus palabras. Su alumno tropical adora las peroratas kilométricas, pasa horas y horas en las tribunas diciendo increíbles disparates propios, como los calificó Carlos Alberto Montaner, de una sicopatía de libro de texto. Una personalidad narcisista con rasgos paranoides, mientras le observamos hipnotizados, como el conejo ante la cobra.
 
El totalitarismo ha traído a Cuba miseria y muerte, pérdida de los valores nacionales, morales, cívicos. Hoy, en lugar de Constitución, tenemos un reglamento. En vez de presidente tenemos un Dios omnisciente, omnipresente, todopoderoso e infalible. No tenemos Congreso, sino un Gran Coro. No hay poder judicial, sino sistema judicial al servicio del Dios. Está prohibido reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. No hay partidos políticos ni prensa libre, mucho menos opinión pública. La única polémica que existe en la televisión es entre la realidad del país y las falsedades que muetra la pequeña pantalla, tan evidentes y burdas que mueven a risa.
 
En otro fragmento de su famoso alegato, refiriéndose al pueblo, dice que "estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada, sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas".
 
Y eso lo dijo el hombre que acabó con cualquier vestigio de libertad, que intentó borrar hasta su recuerdo. Ese pueblo hoy apenas recuerda qué cosa es la libertad, salvo un pequeño grupo de valiosos y abnegados luchadores empeñados en una oposición casi en solitario. La gran mayoría calla y busca la manera de huir a como dé lugar. De las instituciones democráticas no queda ni el recuerdo.
 
Más de cuatro mil asesinados, otros miles que han muerto en el Estrecho de la Florida intentando escapar, los caídos sin gloria en guerras absurdas en nombre del líder, los miles que han pasado sus mejores años en las ergástulas del régimen, los que han tenido que rehacer sus vidas en el exilio, los desterrados, los marginados, los excluidos en nombre de la ideología comunista, los que hoy sufren prisión por el simple delito de pensar diferente, en cárceles de régimen medieval. Son el resultado de la experiencia totalitaria en la Isla.
 
Si según sus propias palabras en La historia me absolverá, "ausente del más elemental contenido revolucionario el régimen de Batista ha significado un retroceso de veinte años para Cuba", su sistema ha retrotraído a Cuba a la época de la Real Ordenanza que en el siglo XIX concedió poderes omnímodos a los Capitanes Generales.
 
Ese ha sido el saldo del primer régimen totalitario implantado en el hemisferio occidental. En Cuba, como en Rusia, Alemania, China, Polonia o Corea, el pueblo ha pagado un precio bien alto.
 
Venezuela y el mundo que hoy aplaude, protege y ensalza al Comandante deberían recordar las lecciones de la historia. Los venezolanos y latinoamericanos en general deberíamos prestar atención a la historia, y darle la espalda de una vez a los Comandantes, llámense Chávez o Fidel, y a los aspirantes al trono como Evo Morales.
 
Si no se hace algo a tiempo vendrán nuevos Castros, Pol Pot, Mao o Stalin a ensangrentar y esclavizar nuestras tierras.
 
El camino del totalitarismo no ha finalizado. El espectro que se levantó en 1848 aún recorre el mundo. Como advirtió un célebre escritor disidente ruso, si no hacemos algo rápido regresará el torbellino rojo.
 
De nuevo "la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en qué alzarse, frenéticos defensores de los desamparados" toma fuerzas.

 
La palabra no es para encubrir la
verdad, sino para decirla
José Martí.
 

viernes, noviembre 11, 2005

Algo de historia para gente joven y no joven


Ser cultos para ser libres
José Martí.
 
Por los caminos del totalitarismo (II)
Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba – Noviembre (
www.cubanet.org) - 1848 es un año crucial en la historia mundial. La revolución nacida en Francia, que se extiende a Europa, puede ser vista como una continuación de la de 1789, pero la sobrepasa y tiene una extensión diferente a la de 1830. Sobre la pasión igualitaria se injerta la pasión social. En este año trascendental, en febrero, sale a la luz el Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

“Si triunfase un movimiento social revolucionario, dirigido por hombres inspirados por la fe en las fórmulas, y estos hombres decidieran imponer su credo, se recurriría inevitablemente a la coacción”, nos advierte Tocqueville ese mismo año. La libertad política, la libertad individual, la Declaración de los Derechos del Hombre, la propiedad privada, la libre concurrencia, son puestas en la picota.

Saint-Simon, Fourier, Owen, Louis Blanc, Proudhon marcan desde antes de 1848 la protesta socialista. Los saintsimonianos someten a juicio la propiedad privada. Para ellos el gobierno es una cosa secundaria, pura fachada. Fourier cree en el falansterio –gran hotel cooperativo. Critican la industria, dicen que la libertad política y la soberanía del pueblo son falsedades. Owen expone que los dos pilares del capitalismo –provecho y libre concurrencia- son contrarios al orden natural, y cree que deben ser reemplazados por un sistema de producción común. Son socialistas utópicos, nadie les hace mucho caso. Imaginan que la historia se prestará, sin violencia, a la puesta en práctica de su sociedad soñada. Pero su crítica ha abierto brechas significativas, ha sembrado la peligrosa semilla.

Louis Blanc somete a juicio la libre concurrencia y la libertad política. Propone el taller social, pero introduce un elemento nuevo: apela al Estado para financiar el taller y para reglamentarlo. Proudhon llega en 1840 con su tesis de que la propiedad es el robo. Proudhon ataca con saña a los comunistas, pero sus ideas dan golpes decisivos al capitalismo.

Las sociedades republicanas Amigos del Pueblo, Derechos del Hombre, Familias, Estaciones, La Liga de los Justos, sociedades secretas que eran nidos de comunistas, tenían por lema: “Todos los hombres son hermanos”.

Perseguidos por la policía, separados por serias divergencias doctrinales, necesitaban corregir graves errores tácticos. Es entonces que aparecen en escena dos jóvenes alemanes: Carlos Marx y Federico Engels. Hegelianos de izquierda, reunidos en Bruselas en 1845-1847, dieron cima a la doctrina del materialismo dialéctico que, aplicado al estudio de las sociedades, termina en materialismo histórico, lo que les permitirá ocupar una posición determinante sobre los grupos comunistas de La Liga de los Justos.

En 1846 escribe Proudhon, refiriéndose a la nueva doctrina de Marx y Engels: “Busquemos juntos, si queréis, las leyes de la sociedad. Pero, por Dios, después de haber demolido todos los dogmatismos no pensemos a nuestra vez imponer doctrinas al pueblo ... no nos hagamos apóstoles de una nueva intolerancia”.

Marx se da a la tarea de eliminar, metódica y brutalmente, todas las herejías, y de formar los nuevos grupos comunistas de acuerdo a sus ideas. En 1847 se crea la Liga de los Comunistas, la Revista Comunista, y aparece el nuevo lema “Proletarios de todos los países, uníos”.

Si alguien tiene duda sobre lo que se avecinaba, lea este fragmento del editorial del primer y único número de la revista: “No somos comunistas que queremos realizarlo todo por el amor, no predicamos la paz perpetua”.

Y dice el manifiesto de ese 1848: “Un espectro obsesiona a Europa: el espectro del comunismo”. Y ese espectro habrá de fortalecer poco a poco su ectoplasma hasta materializarse en Lenin y su terrible sistema.

El mismo año 1895, en que muere Engels, es encarcelado por primera vez un joven militante marxista: Vladimir Ilich Lenin.

En 1916 Lenin escribe: “He ahí mi destino: una campaña de lucha tras otra, contra las necedades y torpezas políticas, contra el oportunismo”. Al igual que sus amados predecesores, se considera a sí mismo una especie de iluminado, un cruzado en la lucha contra las desviaciones doctrinales. Le cabe el mérito de ser el primero en tomar el poder.

Infatigable guardagujas, dirigía obstinadamente y sin miramientos. Crea un partido marxista, vanguardia de la clase obrera, con un programa preciso y una táctica eficaz. Elimina implacablemente toda desviación. Era un hombre de una intransigencia doctrinal total. Lleva adelante su revolución sin reparar en pérdidas.

Considerado por sus seguidores más a la izquierda que la izquierda, sueña un Estado obrero de recuento y control: “Recuento y control: he ahí lo esencial para la organización, para el funcionamiento ideal de la sociedad comunista ... Toda la sociedad no será más que una gran oficina y un gran taller con igualdad de trabajo e igualdad de salario”.

Un gran taller. “Toda la economía nacional organizada como el correo: los técnicos, los vigilantes, los contables, todos los funcionarios recibiendo un sueldo que no sobrepase el salario de un obrero, bajo el control y la dirección del proletariado armado. Tal es nuestro fin inmediato. He ahí el Estado, he ahí la base económica que necesitamos”, dice la nueva Biblia del comunismo leninista, su libro El Estado y la Revolución.

¿Y eso es lo que prometían?¿Ese era el famoso paraíso de la clase obrera? Millones de hombres en el mundo les siguieron en este camino de muerte y miseria, soldados de la muerte y la desesperanza. El famoso Estado fue la quintaesencia de la barbarie. ¿Engañados? ¿Cómplices? ¿O es cierto que la masa ama la obediencia al jefe?

Lo cierto es que esa pesadilla, que se desató en 1848, durante más de 150 años ha intentado dominar al mundo. Stalin perfeccionó el Estado totalitario, afinó el poder ideado por Lenin, la burocracia organizada y armada que controla a las masas laboriosas y entusiastas. Un nuevo Dios ha surgido, terrible, omnímodo, castigador implacable. Un gran taller bajo el control y la dirección de la burocracia armada a la que hay que rendirle homenaje, a la que hay que someterse.

La omnipotencia del instrumento creado por Lenin, EL PARTIDO, redujo al pueblo a una decoración fantasmagórica. Víctor Serge, en Destino de una Revolución, dice: “En todas las ciudades de la URSS el edificio más imponente es siempre el de la policía política o GPU ... es la obra de los burócratas triunfantes”.

André Gibe escribe que en la URSS se idolatra al jefe. Yvon, comunista francés desengañado, declara: “De lejos aquello puede parecer grandioso, de cerca es doloroso hasta más no poder”.

Sin embargo, en Alemania, cuna del socialismo marxista, surge su antítesis, su hermano gemelo enemigo, tesis y antítesis, el nacionalsocialismo, otra de las caras del totalitarismo. En 1889 en Braunau nace el elegido para proclamar la voluntad racista del creador, Adolfo Hitler. El líder proclama: “El éxito en política sólo pertenece a quien es brutal e intolerante. La masa, semejante a una mujer, tiene horror a los débiles, a los tibios, se somete al hombre fuerte, entero fanático, que infunde miedo, que aterroriza”.

Su homólogo comunista Stalin anuncia: “La masa no respeta a los débiles, se somete al hombre decidido, dispuesto a conducirla por el camino de la victoria. Los débiles, los tibios, no tiene cabida en la construcción de la nueva sociedad”.

¿Casualidad? ¿Coincidencia? El mundo vivirá años de terror, el nazismo caerá vencido por las fuerzas conjuntas de su hermano gemelo y las potencias democráticas. Combatir al nazismo le dio al comunismo un barniz de sistema justo, que ha sido hábilmente aprovechado.

El comunismo demostró su capacidad de maniobra, su gran poder de mimesis. Los kontslager soviéticos sobrevivieron durante decenios a los campos de exterminio nazis. Mientras el mundo no dejaba de recordar con horror el holocausto judío, millones de soviéticos morían de un disparo en la nuca, de hambre y de frío en los campos. Y no sólo en la URSS, en el resto del campo socialista la maquinaria estalinista se regodeaba en la miseria humana. En China, el Gran Timonel era dueño de vida y muerte. En Corea, Mongolia, Vietnam, la vida de un hombre no valía nada. En Cuba triunfaba, con el aplauso del mundo, un nuevo líder totalitario, y los viejos métodos de muerte llegaban al Caribe. UMAP, fusilamientos, censura, multitudes aclamando al salvador, la burocracia armada en el poder apoyada por la masa hechizada por el poder. Kampuchea se convertía en un baño inaudito de sangre y sufrimiento.

La última ola democrática trajo un respiro. El totalitarismo se replegó a sus últimas guaridas. Pero está ahí, ya se oculte bajo el anonimato de la democracia electiva –chavismo-, ya se proclame dictador a rostro descubierto –castrismo- está en todas partes indefinidamente protector, mimético, atractivo, infinitamente autoritario.

Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba no permite al ciudadano cubano acceso privado a Internet.
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"Sólo la opresión debe temer al pleno ejercicio de las libertades"
José Martí
 
tu amigo de siempre
Andrés®
 

domingo, noviembre 06, 2005

Historia. Por los caminos del totalitarismo

 Por los caminos del totalitarismo

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - A finales de 1845, Tocqueville llamó la atención de los políticos sobre el asalto intelectual que sufría el derecho de propiedad. Poco después, ante la Cámara, el 29 de enero de 1848, advertía a los diputados escépticos: "Mirad lo que pasa en el seno de esas clases obreras. ¿No veis que sus pasiones políticas se han convertido en sociales? ¿No veis que poco a poco se extienden en su seno opiniones, ideas, que no van a derrocar sólo tales leyes, tal ministerio, tal gobierno inclusive, sino la sociedad, a hacerla vacilar sobre las bases en que reposa hoy? ¿No escucháis lo que se dice todos los días en su seno? ¿No oís que allí se repite sin cesar que todo lo que se encuentra por encima de ellas es incapaz e indigno de gobernarlas, que la división de los bienes hecha hasta hoy en el mundo es injusta, que la propiedad reposa sobre unas bases que no son equitativas?"

Tocqueville intentaba llamar la atención sobre esas doctrinas que atacaban a la sociedad misma hasta en sus fundamentos. Todo ese peligro provenía de un fantasma, de un espectro que recorría ya el mundo, el comunismo.

Nuestro José Martí, unos años después, advertía a su vez sobre la soberbia y la rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por simular ser defensores de los desamparados.

Los mitos del totalitarismo se adherían a la nueva era. El siglo XX llegaba con el advenimiento de dos nuevas mitologías, forjadas desde el siglo XIX: Determinismo de la raza, determinismo inhumano de la clase. Dos caras de la misma moneda.

Tocqueville había vislumbrado con horror este mundo centralizado que tan bien describiría más tarde George Orwell en su novela 1984, y que tanto dolor y miseria trajeron y traen al mundo, en sus dos variantes familiares o en algunos de sus derivados, mutaciones o mimetismos. Marxismo, leninismo, estalinismo, nazismo, fascismo, maoísmo, polpotismo o su vertiente más refinada y tropical, que tantas desgracias ha traído a nuestro país: el castrismo.

Entre el nazismo y el estalinismo existen semejanzas indudables. Para ellos el Estado tiene una misión, es una entidad ética que se dirige hacia un absoluto. Es antiliberal, antiparlamentario, antipartidos, fundado en la mística del jefe, del conductor, llámese Führer, Inclito Camarada, Gran Timonel o Comandante en Jefe. Su motor es un partido único, intermediario entre las masas y el jefe.

El Estado es genocida, uno en nombre de la clase, otro en nombre de la raza, ya sea que extermine a kulaks, enemigos del pueblo, ucranianos o judíos. En ambos los parecidos exteriores también abundan: desfiles, banderas, actos públicos, propaganda, lenguaje, parafernalia partidista.

El nazismo se diferencia del estalinismo en que el Estado nazi es radicalmente antimarxista y antiigualitario.

Sin embargo, comparar fascismo y nazismo es un contrasentido. Hay una distancia entre el Estado nazi y el fascista. Este último es el Estado-nación clásico, donde se potencia el cesarismo. Es una estadolatría. Para Hitler, el Estado no es un fin en sí, sino un simple instrumento. El Estado, tanto para Hitler como para Marx, Lenin o Stalin, no es más que un aparato, un medio de coacción, un simple continente que no está dotado en sí de un prestigio especial. Lo importante es su contenido, el principio de raza o de clase.

Los regímenes totalitarios se definen por la existencia de un partido único dirigido por un solo hombre, una policía secreta poderosa y omnipresente, una ideología muy desarrollada que sostiene un ideal de sociedad que el movimiento totalitario se compromete a realizar, y la penetración y control por parte del gobierno de las comunicaciones de masas, de todas las organizaciones sociales y de masas y de la economía.

Berdaiaieff definía a la sociedad totalitaria como una sociedad "una", idéntica en todas sus partes, homogénea. Sus palabras claves son: Construir el orden social, organizar.

El autómata es la expresión gráfica de la desindividualización que persigue la voluntad totalitaria. Una sociedad de siervos, que por paradójico que resulte, es voluntaria. Los siervos aman la servidumbre, no la perciben como tal. Una de las bases del totalitarismo descansa en el deseo de la masa de subordinarse, de pertenecer. No existe, no hay dictadura totalitaria sin que el individuo se subordine a la unidad que encarna el Partido. Surge y se sostiene en el asentimiento de la mayoría.

Hitler y Stalin aprovecharon los medios que la técnica ponía en sus manos. Supieron poner en los oídos de quienes les escuchaban las palabras que deseaban oír. Ambos descubrieron que en los sentimientos estaba la clave del éxito, que podían convocar las fuerzas subterráneas que movilizan a los hombres.

Hitler amaba las concentraciones acompañadas de marchas. Decía que ambas adormecen la conciencia y facilitan la fusión en la masa. Decía dejarse llevar por la muchedumbre hasta que la emoción de su auditorio le sugería las palabras que querían escuchar.

Las alertas no faltaron, pero nadie quería escuchar. ¿Acaso no se sabía qué pasaba? Se perseguía a los judíos en Alemania, se les concentraba en campos de exterminio y en zonas especiales. Ya mucho antes Lenin hablaba de su Estado organizado como un taller controlado por obreros armados que no permitirían ninguna desobediencia, porque no eran intelectuales sentimentales. Lenin en 1918 ordenaba: "Los elementos inseguros deben ser confinados en campos en las afueras de las ciudades". En 1921 hablaba de rehabilitar a los enemigos del pueblo en campos especiales, mediante el trabajo forzado. Cientos de miles de intelectuales, burgueses, ex militares zaristas, mencheviques, anarquistas, socialistas de izquierda, sindicalistas, fueron a parar a esos campos. Lenin creó una policía política omnipotente, que podía eliminar sin juicio previo a los enemigos del pueblo. La vida de un hombre estaba en manos de un teniente chekistas, analfabeto y fanático.

El genocidio de los campesinos ucranianos en 1933 culminaba una política de odio contra los kulaks que comenzara en 1929. De 1929 a 1953, 18 millones de personas fueron a parar a los campos y colonias soviéticas, donde perecieron millones de ellas.

¿Acaso el mundo ignoraba todo esto? De los estragos comunistas se sabía por los escritores Ante Coliga: En el país de la gran mentira (1938); Víctor Serge: Dieciséis fusilamientos de Moscú (1936); André Gide: Regreso de la URSS (1936); Victor Kravchenco: Y he elegido la libertad (1947). Kravchenco estuvo a punto de ser linchado en París porque la izquierda consideró que era un difamador.

Stalin asesinó a más militantes del politburó del Partido Comunista Alemán de antes de 1933 que Hitler. De los 68 dirigentes comunistas alemanes que huyeron a la URSS, 41 murieron asesinados o de extenuación en los campos.

Uno de los hechos más representativos del estado mental en que se vivía en la antigua URSS es el informe al Comité Central realizado por un comandante de la KGB que laboraba en uno de los terribles Psijuska (hospital psiquiátrico especial), en el que se queja de que tiene en sus manos a un grupo de ciudadanos con una forma peculiar de enfermedad mental: "tratan de fundar nuevos Partidos".

Al general disidente Piort Grigorenko se le diagnosticó una condición psicológica caracterizada por ideas reformistas, de reorganización del aparato estatal. La disidencia era calificada de esquizofrenia latente o sigilosa.

La mentira es esencial para el totalitarismo. Su propaganda se basa en la distorsión sistemática y permanente de la realidad. Construye los hechos en función no de los acontecimientos, sino de las líneas que establece el Partido.

La manipulación de la información no tiene límites, la falsificación de lo real alcanza a los periódicos, libros, folletos, es decir toda clase de documento o literatura o medio que pueda tener un significado político o ideológico.

El totalitarismo pretende controlar los movimientos de sus súbditos, pero sobre todo sus pensamientos y sus emociones. Cuando el individuo no sabe ya qué es, está listo.

De lo que se trata todo esto es, además, que sea todo absolutamente voluntario, no es que te sometas, es que te sometas a voluntad y contento. De lo que se trata es de que aplaudas, delates, marches al son de la voluntad del líder, del Partido. Cualquier pensamiento contrario es un signo evidente de locura, de enfermedad mental.

Es imposible ver la realidad sino a través de los ojos del Partido. La verdad es sólo una, la verdad proclamada desde arriba. Es lícito alterar la verdad, reescribir la historia, distorsionar las noticias. La propaganda sustituye a la información. Todo se vale.

El totalitarismo asfixia al individuo, elimina como sujeto, no sólo físicamente. Lo más terrible es la eliminación simbólica, la entrega del individuo a una promesa de eterna felicidad en la enajenación de un "otro" que le anula. Quien no se deja seducir tiene ante él la muerte, el silencio, el campo de concentración.

Un extraño embrujo se apodera de manera sigilosa de los hombres y los convierte en fieras, en bestias sin conciencia.

André Gide escribe en 1936: "Lo que hoy exige la política estalinista es la aceptación, el conformismo, la aprobación de todo lo que se hace en la URSS, lo que se pretende obtener es que esta aprobación no sea resignada, sino sincera y entusiasta. Lo más asombroso es que esto se logra. Por otra parte, la menor protesta, la menor crítica es susceptible de los peores castigos, y se le sofoca de inmediato. Dudo que en cualquier otro país, así fuera la Alemania de Hitler, sea menos libre el espíritu, menos sometido, menos aterrorizado, más avasallado".

El totalitarismo nos legó en el siglo XX el GULAG, el Holocausto, la Revolución Cultural, la Revolución Camboyana, las UMAP castristas.

Entonces el mundo no vio los signos de su nacimiento. Hoy hace silencio cómplice ante sus herederos. La comunidad mundial coquetea con Castro e ignora el sufrimiento de todo un pueblo. La Cumbre de Salamanca es una vergüenza para las naciones iberoamericanas. Su silencio, y más que eso su decidido apoyo al totalitarismo castrista, es un paso peligroso que puede alentar dar un segundo aire al totalitarismo derrotado, pero no vencido, que levanta su estandarte de nuevo, rojo como la sangre. Podemos hacernos la misma pregunta: ¿Acaso el mundo ignora lo que pasa en Cuba?

Un oficial de la KGB le dijo en una ocasión a uno de sus prisioneros: "¿Sabes qué es lo más terrible? Que nadie les va a creer a ustedes, nadie les va a escuchar, nadie va a querer sentirse cómplice de lo que aquí pasó mientras bebían té junto a la chimenea o veían tranquilamente un partido de fútbol. Eso, si dejamos testigos".

La única vía, su única cura, es la rebelión del espíritu contra el materialismo histórico de Marx y contra toda la filosofía que implica.


Asi funciona y muchos lo ignoran, luego es tarde.
tu amigo de siempre
Andrés®