martes, enero 24, 2006

Cuba 104 entre Esperanza y Amargura

 

Cuba 104 entre Esperanza y Amargura
Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Enero (
www.cubanet.org) - Los cubanos que redescubren la historia de Cuba, sobre todo la anterior a 1959 -la verdadera historia, no el catecismo político que desde la escuela primaria se enseña- comienzan a sospechar que han sido víctimas de una gran estafa. El proceso es lento, y siempre traumático.

Algunos reaccionan positivamente ante el velo que se rasga, y se convierten en promotores de esa historia, divulgadores de la verdad oculta. Otros sufren el desencanto de ver que han sacrificado sus vidas a una gran farsa, escogen el camino de la huída o se convierten en individualistas redomados o se dedican a rumiar su frustración.

No pocos prefieren cerrar los ojos. Es duro verse a sí mismo en ese espejo negro que nos devuelve nuestra imagen, muchas veces tan deformada que nos recuerda a los monstruos que pintara Goya.

Es que no es nada grato descubrir que se ha servido en el lugar equivocado, que se ha sido cómplice de un gran engaño. Debe de ser muy duro para los que portaron armas y dispararon contra sus hermanos en defensa de una mentira. Debe de ser un despertar doloroso saber que se encontraban del lado errado de la cerca, que se fue injusto, que se hicieron cosas terribles en nombre de un sueño que era en verdad una pesadilla. Despertar de esa alucinación y encontrarse de golpe en el mundo real no lo asimila con facilidad todo el mundo.

No pocos prefieren cerrar los ojos, y se niegan a ver. Es más fácil servir al Diablo que negarlo. Otros se agarran a verdades a medias, a recursos manidos, a verdaderos clavos ardientes para negar una y otra vez la existencia del engaño.

No se trata de ir entonces por las calles vociferando culpas. No se trata de flagelarse y gritar arrepentimientos. Se trata únicamente de mirar de frente, de buscar, de analizar, de intentar descubrirnos a nosotros mismos en medio de esa maraña de tergiversaciones, de falsedades y de cosas ciertas. Se trata de recuperar la esperanza, y con la paciencia y humildad de los primeros cristianos transmitir nuestra verdad encontrada al vecino, al hermano, al padre, al hijo, llevarles la confianza.

No siempre se es bien recibido. La verdad lleva a la cruz, al calvario. Decirle al hombre que ha mentido, que ha vivido en el engaño, despierta odio al mensajero. ¿Qué dice usted? ¿Qué todo es mentira?

El que golpeó, el que mató, el que humilló, el que torturó, no le va a perdonar que ande por ahí diciendo esas cosas. El que desfiló, el que aplaudió, el que levantó la mano, el que desde las gradas apuntó con el pulgar al suelo a una señal del César, se va a sentir muy mal con lo que usted dice, le va a odiar. El que hizo silencio, el que volvió el rostro, el que cerró las persianas, el que negó tres veces y hasta cien veces, va a sentir vergüenza.

Algunos de ésos, sobre todo los del primer grupo, atizarán el odio, lanzarán las turbas, mentirán, se desgañitarán tratando de ahogar la voz que les señala, no para clamar justicia, todavía no, eso vendrá después. Para que la verdad no se sepa, tratarán de ocultar esa voz a como dé lugar.

Pero muchos sienten vergüenza, y despacio, poco a poco, primero desde lejos, después más cerca, le acompañarán. Transcurrirá todavía un tiempo antes de que marchen a su lado, pero tarde o temprano marcarán con usted el paso.

Hay timoratos que le seguirán de lejos. No importa, la verdad se construye también con ellos. Basta ya de héroes mitológicos. No les excluyamos, pero nos sentiremos mejor, nos irá mejor cuando dejemos a un lado esa mentalidad de guerreros faraónicos.

Dos fortalezas tiene el totalitarismo castrista: la complicidad y la desinformación. Sobre esos pilares se ha sostenido. Hay otras pilastras, pero éstas constituyen parte esencial de su estructura.

Controlar la información, manipular, convertir a todos y cada uno de sus súbditos en cómplices, en guardianes de sí mismos. Esa es la base subjetiva que sostiene la dictadura.

El arma que más temen es la información. Muchos se preguntan hoy si, en medio de un control absoluto de los medios de comunicación, once mil cubanos firmaron en un primer momento el Proyecto Varela qué habría sucedido si Oswaldo Payá y los suyos hubieran contado al menos con un programa radial o un periódico.

¿Por qué gastan enormes recursos humanos y materiales en impedir que el pueblo pueda ver o escuchar Radio y TV Martí?

¿Por qué persiguen con tanta saña a los periodistas independientes? ¿Por qué les encarcelan? ¿Por qué dedican incontables recursos a difamar a esa prensa que escapa a su control?

¿Por qué persiguen a los bibliotecarios independientes? ¿Por qué cierran las bibliotecas independientes? ¿Por qué censuran los libros?

Cuando ese cubano, usted, yo, aquél, cualquiera de ésos que en un 80% no ha conocido otra cosa que este sistema, descubre un día, a través de la prensa, de la TV clandestina, a través de libros que adquiere de un amigo o recibe en préstamo de una biblioteca independiente, la otra historia, la otra cara oculta durante todos estos años, la primera sensación es de amargura. Uno siente una profunda decepción, descubre que le han estafado de la peor manera, que le han robado un pedazo de su vida. Después, en muchos casos, le invade una gran sed de conocimiento, y se dedica a buscar, a investigar.

El cambio es brusco, los enemigos de ayer ya no lo son más. Al ídolo de barro y similor le sustituye una nueva fe. Patria es mucho más que un hombre, más que un nombre. La patria no cabe en una consigna ni en un discurso.

Lo más difícil es vencer al odio. Al hombre engañado le tienta el odio, el deseo de venganza. No hay furia mayor que la que siente el ser humano cuando descubre que ha sido burlado. Vencer al odio es un reto, el reto mayor. Nadie odia más al verdugo que su cómplice cuando éste acierta un día en la auténtica naturaleza del que porta el hacha.

Un día descubre que no está solo, recupera a la familia que se fue, a esa cultura política que marchó a la diáspora, redescubre tradiciones, se siente parte de algo que no comienza en 1959, sino muchos siglos antes, y poco a poco se descorre el velo. Entonces, a la amargura le sustituye la esperanza.

"Solo la opresión debe temer al pleno ejercicio de la Libertad"
                                            José Martí
 
“Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo XX,
no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados,
sino el escandaloso silencio de las buenas personas.”
                                            Martín Luther
 
 

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